Siempre en movimiento

Del Evangelio de hoy, Lc 4,38-44, hay una parte que me ha llamado la atención:

Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
[…]
Al hacerse de día, salió a un lugar solitario.
La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese.
Pero él les dijo:
– También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios; para eso me han enviado.

No se esconde, quienes más necesitan un consuelo, sanación, libertad… lo encuentran fácilmente, en casa de Simón. Y está curando durante toda la noche.
Hace tiempo, hablando sobre globalidad, escuché decir que Jesús no habla sobre lo que sucede en otras partes de la tierra, a pesar de que podían llegar noticias de Roma, o de otras partes… Jesús se centra en el aquí, en quien está delante de él.

Sin embargo, al hacerse de día, cuando ya no queda oscuridad contra la que luchar… Jesús se puede ir a un lugar solitario. Ya podemos valernos, salir nosotros, como la mujer del cántaro, y ayudar a quienes nos encontremos…

Pero, si intentamos retenerlo para que se vaya, como si pretendiéramos dominarlo, poseerlo para nosotros solos… Jesús se escabulle, como cuando tras saciar a la multitud, le intentaban hacer rey.

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