Emmanuel

Dios se ha encarnado en nuestro hogar. Y a lo largo de estos años, hemos aprendido a contemplarlo, en silencio, sin la prisa que, fuera de casa, en ocasiones tenemos. Porque no necesitamos buscar cómo, o dónde, o cuándo encontrarlo… porque basta verlo crecer.

Y entonces entendemos a Dios, que es Madre, que es Padre. Como nosotros. Mejor madre y mejor padre que nosotros.

Y podemos ver a nuestro hijo entre los brazos, entregado, confiado, mientras duerme, mientras sueña… o cuando salta hacia los brazos, seguro de que lo recogerán antes de que se haga daño.

O cómo observa el mundo y nos pregunta las cosas que no comprende, y espera que se las hagamos entender.

O cuando se hace daño, y acude a nosotros con la esperanza de que un abrazo le consuele y soplando su dedo, le curemos.

Podemos contemplar cómo intenta algo nuevo, y esperamos pacientes a que encuentre el modo… y a veces, le ayudamos un poco sin que se dé cuenta.

No dudamos en arrodillarnos ante él, nuestro pequeño dios encarnado, para terminar de vestirlo, o para peinarlo, o para jugar desde su altura, o para que termine su merienda, o…

También es, en ocasiones, quien nos impide llegar a la hora, o descansar por la noche, o cenar caliente, o… Es nuestro enemigo al que amar

Porque no hay amor más grande que el de quien da la vida por sus amigos… día a día, momento tras momento, con la infinita alegría de verlo crecer, de ver cómo Dios teje su vida.

Dios se ha encarnado en nuestro hogar.

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